En Días sin huella, la película dirigida por Billy Wilder y estrenada en 1945, Ray Milland da una clase magistral de actuación en el papel de Don Birman, un escritor que ha conocido el éxito cuya adicción a la bebida lo ha derrumbado física, moral y económicamente hasta convertirlo en una piltrafa que no tiene otra voluntad que conseguir alcohol para el próximo trago sin reparar en los medios. La película se basa en la novela del mismo nombre escrita por Charles R. Jackson, pero los motivos de Wilder para filmarla no surgieron de la lectura de esa obra sino de una cuestión muy personal: estaba perturbado después de haber trabajado con Raymond Chandler en el guion de su película anterior, Double Indemnity, y en las consecuencias que eso tuvo para el escritor considerado el mayor maestro de la novela negra estadounidense. En ese momento Chandler era un alcohólico en recuperación, pero el estrés y la difícil relación que entretejió con el cineasta durante el proceso creativo lo llevaron a beber otra vez. Wilder se sentía culpable y Días sin huella fue un intento de explicar lo que le había sucedido a Chandler.
Casado con Louis Burnham, la mujer que nunca lo abandonaría, volvió de la guerra siendo un adicto, pero todavía funcional. Pese a que la bebida se le hacía cada vez más necesaria, cursó la carrera de Economía y se licenció en Derecho. Con esas armas llegó a Wall Street como asesor en finanzas, especializado en investigar la rentabilidad de la explotación de nuevas áreas industriales. Pronto se convirtió en un corredor de bolsa muy buscado por los inversores, a los que les hacía ganar mucho dinero. También lo ganaba él, lo que lo convirtió en un hombre muy rico. Seguía bebiendo, cada vez más, pero tenía una justificación que le parecía indiscutible: lo hacía funcionar bien en su trabajo. “Los genios conciben sus mejores proyectos cuando están borrachos”, solía decir.

Dos encuentros y un camino
Por eso se alegró cuando una noche de noviembre de 1934 lo visitó Edwin Thacher, un antiguo compañero de copas al que hacía tiempo que no bebía. Se sorprendió cuando su amigo le rechazó la invitación del primer trago. Con una taza de café en la mano, Edwin le contó que había dejado de beber alcohol en el Oxford Group, una institución luterana creada por el pastor Frank Buchman. Le dijo que a él lo había salvado la fe.
Entonces conoció a alguien que lo convenció de que con eso no alcanzaba. Si su amigo Edwin Tacher lo había animado a dar el primer paso, fue el director del hospital, el doctor William Duncan Silkworth, quien lo animó a dar el siguiente corrigiendo el rumbo. Le pidió que dejara de hablarles como si fuera un pastor que les marcaba el camino de una salvación por la moral y que lo hiciera como lo que realmente era, un alcohólico en recuperación. En otras palabras, que les hablara de sus propias vivencias, de sus temores y de sus frustraciones, como un igual.

Bill W. y el doctor Bob
El doctor Robert Holbrook Smith, nacido el 8 de agosto de 1879 en St. Johnsbury, Vermont, era cirujano especializado en proctología y también alcohólico. Su primer encuentro con William Wilson, el 12 de mayo de 1935, iba a ser una charla breve, de apoyo, pero estuvieron conversando más de cinco horas sin parar. Todo ese tiempo fueron un alcohólico hablando con otro, contando sus problemas, tratando de ayudarse. “Bill fue el primer ser humano vivo con quien hablé que discutió inteligentemente mi problema a partir de la experiencia real. Hablaba en mi idioma”, recordaría el cirujano.
Como consecuencia de sus esfuerzos, un paciente pronto logró su sobriedad. Aunque no se había inventado todavía el nombre Alcohólicos Anónimos, estos tres hombres constituyeron el núcleo del primer grupo de A.A. En el otoño de 1935, el segundo grupo fue tomando forma gradualmente en Nueva York. El tercer grupo se inició en Cleveland en 1939. Se había tardado más de cuatro años en producir cien alcohólicos sobrios en los tres grupos fundadores. A partir de allí, la convocatoria creció de manera exponencial. Wilson y Smith decidieron que nadie se beneficiara económicamente con la iniciativa y que para eso era necesario mantener las identidades de los miembros en secreto. Había nacido Alcohólicos Anónimos y, para dar el ejemplo de ese anonimato, William Wilson pasó a llamarse simplemente “Bill W.” y Robert Smith pasó a ser “el doctor Bob”. Sus verdaderos nombres se harían públicos recién después de sus muertes.

Los Doce Pasos
A principios de 1939 la comunidad publicó su libro de texto básico, Alcohólicos Anónimos. En el trabajo, escrito por Bill W., se exponían la filosofía y los métodos de la organización y se hicieron públicos por primera vez los Doce Pasos para la recuperación que hoy se conocen en todo el mundo:
1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.
2. Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio.
3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos.
4. Sin miedo hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos.
5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos.
6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos de carácter.
7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos.
8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos.
9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros.
10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente.
11. Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla.
Para entonces Bill W. y el Doctor Bob habían establecido una oficina en Nueva York y una comisión de “custodios” para que se ocupara de la administración general de la organización. Alcohólicos Anónimos hacía conocer su actividad con pequeñas acciones de propaganda, fundamentalmente folletos que tuvieron una enorme repercusión: para fines de 1940 habían nacido varios grupos en otras ciudades estadounidenses y la comunidad había superado los dos mil miembros.

Un artículo impactante
El verdadero salto de Alcohólicos Anónimos en el conocimiento del público se produjo el año siguiente, gracias a la publicación de un extenso artículo del periodista Jack Alexander en The Saturday Evening Post. El juez William Curtis Bok, dueño de la revista, se enteró de la existencia de la comunidad a través de dos amigos, alcohólicos en recuperación, que asistían a sus reuniones. Interesado, le pidió a Alexander, uno de sus mejores cronistas, que cubriera la historia.
A través de uno de los amigos del juez, el periodista se puso en contacto con Bill W. y le propuso que contara su vida y las actividades de la comunidad. El fundador de Alcohólicos Anónimos no solo le concedió a Alexander la entrevista que le solicitó, sino que le dio acceso a documentos de la organización, le organizó un recorrido por diferentes sedes, le concertó encuentros con miembros de la comunidad y con “custodios” no alcohólicos de la administración.
Antes de mandar el texto a la imprenta, Alexander le mandó a Bill W. el original para que le diera su opinión. En su respuesta, el fundador de la comunidad le escribió: “Me gustaría poder expresarte adecuadamente el sentimiento de gratitud que cada uno de nosotros siente por vos y por el Saturday Post por lo que está a punto de ocurrir. No te puedes imaginar el alivio directo de tanto sufrimiento que llegará a su fin gracias a tu pluma y tus buenos editores. Por muchos días los A.A. brindaremos por vos; ¡Con Coca Cola, claro!”.
El artículo, titulado “Alcohólicos Anónimos: esclavos liberados de la bebida ahora liberan a otros” fue publicado en la edición del 1 de marzo de 1941 y tuvo un enorme impacto. Empezaron a llover las solicitudes de información a las oficinas de Alcohólicos Anónimos. El 12 de marzo, Ruth Hock, primera secretaria no alcohólica de A.A., le escribió al Dr. Bob, para informarle que, como consecuencia del artículo, la oficina de Nueva York había recibido una avalancha de pedidos: 918 en apenas 12 días.
Al mismo tiempo, centenares de lectores también escribían a la redacción de The Saturday Evening Post para pedir más información. El 26 de marzo, un boletín del semanario reflejaba ese fenómeno: “Después de la publicación del artículo de Jack Alexander sobre Alcohólicos Anónimos, la oficina del Post recibió una cantidad excepcionalmente grande de correo de sus lectores, en su mayor parte preguntando cómo se podía establecer contacto con los grupos que están haciendo este trabajo en diversas ciudades. Hubo varias llamadas a nuestras sucursales para solicitar información sobre organizaciones locales de este inusual grupo”, decía. Fue el punto de partida de un crecimiento exponencial que se prolonga hasta estos días.

El fenómeno mundial
Cuando se cumplen 91 años de aquel primer encuentro entre William Wilson y el doctor Robert Smith, Alcohólicos Anónimos suma más de 123.000 grupos distribuidos en 180 países, que reúnen a más de dos millones de personas. En la Argentina la organización tuvo sus primeras actividades en 1952 y en la actualidad cuenta con alrededor de 900 grupos distribuidos por todo el territorio nacional, desde La Quiaca hasta Ushuaia, aunque más de la mitad están concentrados en la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense.
Robert Holbrook Smith, el Doctor Bob, murió el 16 de noviembre de 1950, cuando llevaba 15 años sin tomar una gota de alcohol. William Griffith Wilson falleció el 24 de enero de 1971, cuando llevaba más de 35 años de sobriedad sin interrupciones. Recién entonces se hizo público el verdadero nombre del fundador de Alcohólicos Anónimos que solo era conocido como Bill W. Su vida y la historia de la organización que creó junto con el Doctor Bob están fielmente contadas en la película para televisión de 1989 Mi nombre es Bill W., dirigida por Daniel Petrie y protagonizada por James Woods, que ganó un premio Emmy por su papel como Wilson.




